Acompañando emociones en la infancia ¿Qué es la invalidación emocional?

Las emociones forman parte de nuestro repertorio conductual desde que nacemos y existe una gran variedad de emociones: alegría, ira, tristeza, miedo, sorpresa, asco, confianza, interés…

¿Cuál es el papel de las emociones?

Se habla habitualmente de “emociones negativas” o “emociones positivas”, cuando la realidad es que no existen emociones negativas o positivas como tal. Todas las emociones, desde las más básicas a las más complejas, cumplen una función, generalmente adaptativa. Nos permiten interactuar con nuestro entorno, adaptándonos a él y en ocasiones, pueden ser usadas para regularnos y ayudarnos a afrontar diversas situaciones. Por lo tanto, todas las emociones son positivas y cumplen una función.

Es cierto que hay emociones agradables o placenteras y otras que son desagradables. Pero todas ellas son adecuadas.

Emociones básicas

Las emociones más “básicas” o “primitivas” son la alegría, la tristeza, el miedo o la ira.

  • La alegría se relaciona con la capacidad de “crear grupo”. Nos facilita relacionarnos con los demás, y a menudo se vincula con situaciones agradables, que nos producen felicidad, alivio o placer.
  • La tristeza se vincula a la pérdida. Es considerada comúnmente como una emoción negativa, porque genera malestar; sin embargo, ¿qué pensaríamos de una persona que, al sufrir la pérdida de un ser querido, no se siente triste?

Es por este tipo de situaciones por las que no se debe entender la tristeza como algo malo, si no como una capacidad del ser humano para gestionar el dolor o como hemos dicho, situaciones que suponen una pérdida.

  • El miedo es la emoción que sentimos ante algo que nos genera incertidumbre y generalmente situaciones asociadas al peligro. El miedo nos permite estar alerta, y se vincula con la capacidad de supervivencia del ser humano.
  • La ira o el enfado aparece en situaciones en las que consideramos que nuestro espacio personal o nuestros intereses están siendo “invadidos” o ante situaciones en las que consideramos que estamos siendo tratados, según nuestra percepción, de una manera injusta.

Por tanto, las emociones actúan como señales para nosotros mismos. Sentirse triste, como hemos visto, es adaptativo ante ciertas situaciones, sin embargo, sentirnos triste durante la mayor parte del tiempo sin que exista una causa o situación concreta que detone esa tristeza puede ser indicador de que algo no marcha bien.

Nos permiten adaptarnos al entorno, obtener una valoración de cómo marchan las cosas o cómo son nuestras relaciones con los demás. Constituyen también una forma de comunicación, puesto que sirven de señal para los demás.

Adultos y niños compartimos las mismas emociones.

En ocasiones es difícil identificar qué emoción estamos sintiendo o cómo entenderla.

Quizás la experiencia juegue un papel a favor de los adultos, puesto que podemos recurrir a situaciones similares en las que sentimos una determinada emoción y esto nos puede ayudar a desarrollar la manera de gestionar esa emoción. Sin embargo, para los niños esto puede no ser una tarea fácil como sucede con las primeras pérdidas (muerte de una mascota, de un abuelo o abuela, cambio de colegio) o con los miedos.

La invalidación emocional puede entenderse como un concepto que abarca aquellas situaciones o forma de comunicación en la que las emociones de alguien son negadas, mitigadas o incluso evitadas.

Esta invalidación emocional suele aparecer generalmente asociada a situaciones en las que la emoción que predomina es la tristeza o el enfado. Un ejemplo de esto son expresiones del tipo “no llores por esa tontería”, “los niños mayores no lloran”, “no te enfades por esa chorrada”, “eres demasiado sensible”, “todo te afecta”.

Este fenómeno, la invalidación emocional, también tiene lugar cuando una persona ignora a otra después de haber expresado sus emociones.

La invalidación emocional genera dolor, hace creer a la persona invalidada que sus emociones y sentimientos son irrelevantes, carecen de importancia, son incoherentes y generan dudas en la persona invalidada, llegando a creer que quizás la emoción que está sintiendo en esa situación es exagerada e inapropiada.

Gestionar las emociones es un aprendizaje fundamental que permite a las personas interactuar con el entorno de una manera adaptativa. Este aprendizaje no es en absoluto innato, si no que las experiencias desde pequeños van conformando el repertorio conductual y emocional que permitirá a los niños actuar de una determinada manera en función de la emoción que demande cada situación. Por ello, la invalidación emocional es algo terriblemente peligroso.

Problemas de la invalidación emocional

  • El primero es que los niños tomarán como modelo a su familia o figuras de referencia: si las figuras de apego desprecian las emociones que siente el niño en situaciones importantes para él, el niño aprenderá a que cuando surgen las emociones lo correcto es evitarlas o ignorarlas, y además repetirá este patrón aprendido de las personas de su entorno, ignorando e incluso pudiendo llegar a despreciar las emociones de los demás, algo que puede traer consigo una problemática a la hora de relacionarse de una manera adaptativa.
  • El segundo problema surge en relación precisamente a esta evitación. Las emociones generan aprendizajes conductuales. Por ejemplo, ante una situación que me genere ira, aprenderé cómo debo reaccionar.

Si a un niño no se le permite enfadarse o sentir ira, no sabrá en qué momentos esta emoción es necesaria, y no aprenderá a experimentar otras emociones diversas que pueden generarse,  como puede ser por ejemplo la frustración. Y aunque la frustración conlleve a menudo una connotación negativa por el malestar que genera, la realidad es que la frustración supone en los niños el aprendizaje de que no siempre podemos satisfacer nuestros deseos o necesidades, y aunque esto sea algo que genera malestar, sí podemos aprender a gestionarla de una manera adaptativa. A su vez, la frustración puede llevar al aprendizaje de estrategias de afrontamiento. Por tanto, a modo de conclusión, las emociones generan a su vez otras emociones, si cohibimos unas emociones probablemente estaremos cohibiendo otras y por consiguiente, los diversos aprendizajes que trae consigo el experimentar emociones y el gestionarlas.

  • En relación a la capacidad entender o respetar los sentimientos de los demás es necesario resaltar que más allá de que ignorar los sentimientos de los otros pueda generar diversas problemáticas a la hora de interactuar con los demás, esto también puede influir en la capacidad de los niños para desarrollar la empatía.

La empatía es una capacidad imprescindible para el desarrollo adaptativo de las relaciones sociales, puesto que implica la capacidad de entender o comprender lo que la otra persona está sintiendo; aunque esto no significa que tengamos que estar de acuerdo con ello.

Podemos entender lo que una persona está sintiendo, sin que compartamos la opinión o percepción de esa persona.

Veámoslo con un ejemplo: Ángel y Marcos son amigos desde hace tiempo. Ángel acaba de perder la pulsera que le regaló su madre por su cumpleaños y se siente muy triste y responsable por ello. Marcos considera que el sentirse triste por algo así es  “desproporcionado”, puesto que la pulsera es algo material. Sin embargo, es capaz de comprender la tristeza que se siente cuando perdemos algo que queremos o que es importante para nosotros. Es capaz de empatizar con esa pérdida y comprender que su amigo sienta esa emoción y por ello ,a pesar de considerar que la pulsera es algo que se puede recuperar o que no tiene importancia por ser algo material, se ofrece a ayudarle a buscarla e intenta ayudar a lidiar a su amigo con esa tristeza.

  • Otro de los fenómenos que se dan cuando existe invalidación emocional es que se niega la comunicación de las emociones, algo fundamental para poder llevar a cabo relaciones sociales sanas, adaptativas y de calidad.

Si a los niños no se les permite expresar cómo se sienten, entonces no aprenderán cómo hacerlo ni tampoco sabrán ponerle nombre a aquello que les sucede o a las emociones que pueden estar experimentando.

  • La invalidación emocional también conlleva el sentirse “ridiculizado” e “incomprendido”.

Volviendo al ejemplo de Ángel y Marcos podemos observar de una manera clara este fenómeno. Por ejemplo, si Marcos en vez de ayudar a Ángel a buscar la pulsera le dijese cosas del tipo: ¡Estás triste por una tontería!, ¡no tiene sentido que te sientas así!, ¡estás exagerando!, Ángel experimentaría sensaciones de soledad, incomprensión e incluso se sentiría ridículo, puesto que su tristeza no está siendo validada; las reacciones de Ángel podrían ser muy diversas:  distanciarse de Marcos porque esa incomprensión le genera sensaciones desagradables y no se siente validado, optar por esconder sus emociones por miedo a ser juzgado de nuevo, generando relaciones sociales frías y superficiales por miedo o temor a mostrar los sentimientos, sentimientos de incomprensión que derivan en sentirse “raro” o “diferente” por sentir lo que está sintiendo… etc.

Esta situación perjudicaría a ambos amigos, por ejemplo, si Marcos invalida los sentimientos de sus amigos, lo más comprensible es que sus amigos tomen distancia de él.

Ángel,  por su parte, podría evitar hablar de sus emociones delante de sus amistades por miedo a ser juzgado, generando, como hemos comentado, relaciones sociales superficiales y en las cuales no pueda mostrarse como él mismo, de una manera clara y sincera.

El aprendizaje principal que podemos obtener de este ejemplo es que nadie se ve beneficiado cuando hablamos de invalidación emocional. Ya que tanto la parte “invalidada” como la parte que “invalida” sufren consecuencias negativas a corto y a largo plazo.

  • Otra de las consecuencias que trae consigo la invalidación emocional es el sentimiento de vacío e incomprensión que tiene lugar en la persona invalidada.

Cuándo se menosprecian los sentimientos de una persona (frases del tipo “no es para tanto”, “no llores por tonterías”) aparece un sentimiento de incomprensión que puede dar lugar a que la persona invalidad cuestione sus propias emociones e incluso si tiene “derecho” a sentirse así: “¿estaré exagerando?”, “quizás esto no es para tanto”, “no debo sentirme así”.

Este tipo de situaciones pueden llevar a la persona invalidada a pensar que las cosas que siente son incoherentes: “, me siento triste, pero me dicen que no debería sentirse triste, entonces quizás soy raro, o demasiado sensible, o debo tener algún problema”.

Beneficios de validar las emociones

Validar las emociones de los niños es necesario puesto que les aporta una gran cantidad de beneficios (frente a las consecuencias negativas que supone invalidar una emoción):

  • Etiquetar y saber reconocer cada emoción y reflexionar acerca de ellas.
  • Validar las emociones implica entenderlas como una reacción normal ante diversas situaciones.
  • Dotar de herramientas a los niños para saber gestionar cada emoción.
  • Explicar porqué surge cada emoción.

 

¿Cómo podemos validar las emociones?

Una actividad que puede llevarse a cabo con los más pequeños es, al final de cada día, dedicar un tiempo a charlar con ellos sobre distintas situaciones que hayan podido suceder y que hayan sido significativas para ellos.

Podemos comentar qué emociones han experimentado en cada una de esas situaciones, cómo les ha hecho sentir y cómo han decidido actuar..

Además de la validación emocional, este ejercicio siempre supone una forma de conocer más a los niños y de que sientan que pueden en nosotros para compartir lo que les ocurre o preocupe, fomentando la confianza y la expresión emocional.

Por ejemplo, ante una situación de conflicto en el colegio podemos hablar sobre qué emociones han surgido. Si un niño ha discutido con un amigo puede sentirse enfadado, lo que nos permitirá hablar de esta emoción y reflexionar acerca de las causas que han llevado a ese enfado.

Una vez reconocida la emoción, se puede validar: “entiendo que te hayas sentido enfadado por este motivo” o “entiendo el malestar que te ha podido generar esa situación”.

A continuación, podemos ver cómo actuar y que el propio niño genere sus posibles estrategias. Solo si no es capaz de dar con una solución o la emoción le desborda, podemos acompañar como adultos ofreciendo alternativas:

Por ejemplo, en el caos del enfado “cuando nos enfadamos a menudo nos ponemos nerviosos y podemos llegar a decir palabras que no pensamos. Quizás puede ser útil que te pares a respirar unos minutos y después vuelvas a la situación; si puede solucionarse, puedes buscar y llevar a cabo la resolución del conflicto, o si en ese momento no se te ocurre una solución, puedes alejarte de la situación hasta que se resuelva”.

En definitiva, la educación emocional puede trabajarse en el día a día de manera concreta con las vivencias que nuestros niños y niñas van experimentando.

Se trata de estar presente, permitir y acoger las emociones y validarlas.

Sarah Leal Gómez

Psicóloga con mención en Psicología Clínica

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