LÍMITES, NORMAS, ESTILOS EDUCATIVOS Y RABIETAS

CÓMO Y POR QUÉ ESTABLECER LÍMITES Y NORMAS

 

¿Qué son exactamente los límites y las normas y para qué sirven?

Uno de los temas más tratados en psicología infantil son los límites y las normas. A veces es complicado diferenciarlos, instaurarlos adecuadamente o comprender su verdadero beneficio en el desarrollo infantil. Por eso hemos considerado interesante despejar a través de este artículo, el complejo mundo de las normas y los límites.

Para que los más pequeños se conviertan en personas sociables, autónomas, tolerantes y sepan desenvolverse de manera correcta en su entorno social, es fundamental que durante su desarrollo los padres y las madres establezcan una serie de límites y normas que ejerzan de guías en su comportamiento. No se trata de educar desde la autoridad o la imposición, sino de guiar y acompañar en un mundo que al inicio es totalmente desconocido para los niños y niñas. Todo es nuevo y las posibilidades de responder al entorno abrumadoras.

El último objetivo de las normas es dar al niño o la niña capacidades de autorregulación para que sepa desenvolverse según se vaya haciendo mayor, tolere mejor la frustración y su entrada al mundo social sea más positiva. El contexto en el que vivimos y nos desarrollamos, está inmerso en un código de normas sociales al que todos y todas nos ajustamos en mayor o menor grado. No hacerlo nos puede colocar en una posición de sufrimiento y desgaste emocional.

Pero vayamos por partes, a nivel conceptual los límites y las normas no son lo mismo. El límite indica “hasta aquí puedes llegar”, marca como su propio nombre indica el límite del comportamiento. La norma es la forma en la cual se traducen los límites a la práctica de una manera concisa y objetiva. Por ejemplo, un límite sería no permitir que en un traslado en coche el niño o la niña se ponga en peligro. En cambio la norma indica el comportamiento que es seguro en ese contexto: “ Cuando nos subimos al coche, nos tenemos que sentar en nuestra silla de seguridad” o “ No nos podemos bajar del coche hasta que no me ayuden (si soy pequeño) o hasta que no me avisen (si soy algo más mayor)”.

Establecer normas basadas en límites adecuados y rutinas saludables promueve una serie de ventajas para el desarrollo infantil. Por un lado proporciona sensación de seguridad y tranquilidad a los niños y niñas a la hora de actuar, “sé qué es lo que tengo que hacer”. Las rutinas en casa, les dan la certeza de que van a ser atendidos cuando lo necesiten y de que sus necesidades van a ser cubiertas. A medida que vaya creciendo sabrá discernir entre lo que está bien y lo que está mal, de tal forma que podrá ir desarrollando su propia escala de valores, así comenzamos nuestras primeras andaduras por el desarrollo de la moralidad y la ética. Además, establecer unas normas dentro de casa hará que sea más probable que las interiorice y lleve a cabo fuera del hogar, adaptándose así a la vida en sociedad y a las nuevas situaciones vitales (inicio de periodos educativos, excursiones, visitas a familiares o amigos…).

 

¿Cómo introducir adecuadamente las normas en la rutina familiar?

 

Llegados a este punto es fácil que nos estemos planteando cómo introducir las normas en nuestra familia. Ya conocemos sus beneficios, pero a veces no tenemos las herramientas suficientes para que nuestra propuesta de normas para la familia funcione correctamente. Esto puede ser contraproducente, provocando enfrentamientos, malestar y caos en la rutina.

Por ello es importante que las normas sigan una serie de pautas para que sean efectivas y asimiladas y sobre todo para que no sean una condena para la infancia:

  • Las normas deben ser coherentes y justas, basadas en las necesidades del niño o la niña. Y no únicamente en las preferencias del mundo adulto. Las normas tiene como objetivo ayudar en el desarrollo infantil, no facilitar la rutina del adulto.

  • Deben estar adaptadas a su edad. Ser sencillas, claras y concisas en el lenguaje.

  • Hay una regla de oro en cuanto a la cantidad de las mismas : se recomienda una norma por año de edad (aproximadamente). No deben ser demasiadas, por lo que elige bien.

  • Deben ir dirigidas a la conducta y no a la persona. Con las normas invitamos a realizar las cosas de una determinada manera, no juzgamos a las personas que así no lo hacen. De lo contrario, el mensaje que mandamos puede ser contraproducente.

  • El comportamiento de los padres marcará el de los hijos e hijas. Es importante ser modelo de aquello que consideramos adecuado. Es hora de abandonar comportamientos incoherentes, por ejemplo: no podemos decir “en esta casa no se grita” gritando.

  • Las normas deben expresarse en lenguaje positivo y no siempre estar diciendo a todo que no. Usar un lenguaje en positivo es más saludable para cuidar la relación y el autoestima de nuestro entorno.

  • Es importante dejar experimentar un poco y dar la oportunidad de elegir a veces. No hay que imponerse ante todo. Las normas no deben convertirse en una condena para la familia. La virtud está en el equilibrio.

Cómo perfecta compañera de viaje os recomendamos a la “Paciencia”. No debemos perder de vista que la educación de los niños y niñas lleva su tiempo, y por mucho que establezcamos normas y límites su comportamiento no va a ser “perfecto” de un día para otro. La labor es ir haciendo de guía poco a poco hasta que sepan diferenciar y decidir adecuadamente, pero siempre en un clima de confianza, respeto y diálogo.

 

 

ESTILOS EDUCATIVOS

 

 

Estilos educativos y su relación con las normas.

La manera de relacionamos con las normas y sus implicaciones en la vida familiar va de la mano del estilo educativo que nos define.

Los estilos educativos se definen como la forma de actuar de los adultos y adultas, respecto a los niños y niñas ante situaciones cotidianas, cuando hay que tomar decisiones sobre su persona o resolver algún conflicto. Los estilos educativos responden a la interpretación que el mundo adulto tiene sobre el comportamiento infantil. Así como la visión que se tiene del mundo al cual los infantes se van a incorporar. Por ejemplo, como cuidadora principal puedo suponer que el mundo es un lugar hostil y debo preparar a mi hijo o hija para enfrentarse a él, de la manera que considero más adecuada.

En muchas ocasiones el estilo educativo que ejercemos en nuestra manera de educar, no es elegido. Sino que viene condicionado por nuestras propias vivencias, nuestros propios aprendizajes y el entorno directo. Es importante conocer los diferentes estilos y sus consecuencias previsibles. De esta forma podemos evaluar nuestro propio estilo y decidir si queremos o no cambiarlo y hacia qué dirección.

¿Qué estilos educativos existen y qué consecuencias tienen?

En líneas generales, si cruzamos las variables control y apoyo/afecto como hilos conductores de los diferentes estilos educativos, el resultado serían los cuatro estilos educativos: Autoritario, sobreprotector, negligente/permisivo y asertivo/democrático.

Pasemos a definirlos:

  • El estilo Autoritario destaca por un exceso en la variable control y menos apoyo o afecto. Este estilo se caracteriza por un exceso de normas y una tendencia a la corrección ante la mínima desviación e intolerancia a los errores. Como consecuencias previsibles en los hijos e hijas destacan el rencor hacia los educadores, el conformismo, la falta de creatividad y una necesidad exagerada de control externo. Se promueve una actitud pasiva donde sólo se actúa para evitar el castigo. No hay aprendizaje real.
  • En el estilo Sobreprotector también existe un exceso de control pero en esta ocasión, acompañado de más apoyo y afectividad. En este estilo hay un exceso de preocupación por los hijos, sin dejar espacio para una autonomía sana y necesaria para su desarrollo y aprendizaje. De esta forma se limita la asunción de responsabilidades imposibilitando una correcta madurez. Como consecuencias previsibles destacamos la falta de habilidades para hacer frente a situaciones difíciles, escaso autocontrol, hábitos inadecuados, serán muy posiblemente personas creadoras y con capacidad de desarrollo pero sin disciplina o motivación para llevarlo a cabo. Han sido amados o amadas pero no les han dejado desarrollar todo su potencial.
  • En el estilo Negligente, tanto el control como el apoyo o afecto no están presentes en el grado necesario. Destaca ,especialmente, en este estilo una baja exigencia y delegación de la responsabilidad parental en otras figuras de apoyo (otros familiares, personas contratadas…) Lo cual promueve como consecuencias previsibles en los hijos e hijas un aprendizaje casi por azar, hábitos inadecuados y búsqueda de apoyo y afecto fuera del contexto familiar unido al posible desarrollo de sintomatología ansiosa e inseguridad personal. No han sido personas validadas ni amadas y tampoco nadie les ha dicho cómo desenvolverse en el mundo que les rodea.
  • Por último en el estilo Asertivo, destaca en mayor grado el apoyo y afecto con el control necesario. Es decir, hay una adecuada atención dónde se destaca lo excepcional y se ignora los pequeños errores corrigiendo las desviaciones relevantes. Existen normas claras, hay una paulatina y saludable asunción de responsabilidades favoreciendo la autonomía sana y no impuesta. Las relaciones familiares y la comunicación son afectivas. Las consecuencias previsibles son por tanto: una autonomía y autoestima sanas, no existe una dependencia insana del entorno, destaca la toma de decisiones adecuada, la capacidad de creación de alternativas…

Si enlazamos los diferentes estilos educativos con todo lo expuesto anteriormente en relación a los límites y normas es lógico concluir que, el estilo educativo más acertado en la implementación de las mismas es el Asertivo. Intentar reconducir nuestro estilo educativo hacia el estilo asertivo es , en cualquier caso, un acierto.

RABIETAS

 

 

¿Qué es una rabieta y por qué surgen?

Las rabietas son una fase del desarrollo normal por la que pasan la mayoría de los niños y niñas entre los 2-4 años. Es sano y positivo (en su justa medida) aunque puede resultar muy molesto.

Las rabietas, como parte del desarrollo normalizado, tienen un objetivo y funcionalidad. Cuando nacemos, el principal plan que tiene la naturaleza con nosotros es que podamos sobrevivir. Para ello nos “apega” con las personas que nos cuidan. En esa etapa vital necesitamos de nuestros cuidadores para poder manteneros a salvo.

Un poco más adelante, alrededor de los dos años (puede variar según el niño o niña) la supervivencia está ya más garantizada, y la naturaleza tiene otro plan para nosotros: la “independencia”. Dentro de esta segunda etapa ocurren cosas maravillosas, hay multitud de avances en el desarrollo infantil. El o la infante se lanza al mundo que le rodea, explora su entorno, se comunica y vincula con mayor intencionalidad y también aparecen las famosas rabietas.

 

¿Cómo actuar ante las rabietas?

La respuesta que mostremos frente a las rabietas va a determinar en gran medida la forma y frecuencia de aparición de las mismas.

En líneas generales lo más idóneo sería quedarse a su lado o cerca, de tal forma que podamos evitar que se golpee con algo y a la par lanzamos un mensaje de acompañamiento y seguridad. No debemos perder de vista que la rabieta también la sufre en primera persona el niño o la niña, es un estado emocional intenso y nuestra presencia y calma les ayudará a salir de ese estado.

Para comunicarnos en ese momento es adecuado hablar con calma y firmeza. Le convencerá de que hablamos en serio y no vamos a “ceder” y le recordará que le seguimos queriendo, lo que le ayudará a calmarse.

A veces será necesario cambiar de entorno, hay lugares y momentos donde no podemos mantener y acompañar una rabieta, entonces simplemente coge a tu hijo o hija y marcharos a un lugar más adecuado. Por lo general acompañar la rabieta con nuestra presencia es la mejor opción, pero hay algunas circunstancias que no podemos mantener.

Es un error intentar intentar razonar durante la rabieta. No te escuchará y os pondréis más nerviosos. Recuerda que su sensación en ese momento es muy desagradable. No podemos pretender que razone adecuadamente. Piensa en aquellos momentos en los que tú como adulto o adulta te has encontrado desbordado por la emoción, ¿Era el mejor momento para razonar?

Marcar unos límites claros y sanos ayuda y guía hacia un estado de mayor serenidad. Recuerda como antes hemos hablado de límites y normas.

Y por último pero no por ellos menos importante: Anticiparnos a la posible rabieta. Para ello es importante que controlemos que nuestro hijo o hija ha dormido lo suficiente y si no ha querido dormir siesta al menos haya mantenido unos 15 o 20 minutos de reposo. El cansancio y el sueño aumenta la aparición de rabietas (también en los adultos).

Cuando necesitemos recordar las normas o hacer una petición intentaremos usar un tono alegre y/o agradable. Así evitamos ser el disparador de una rabieta. A todos nos gusta que nos hablen sin exigencias y con amabilidad.

Algo que a veces perdemos de vista es evitar pelear por cosas sin importancia. El exceso de normas es contraproducente. Valora lo realmente importante. Amar no es malcriar, no podemos esperar que nuestros hijos e hijas reaccionen tal y como deseamos porque sus deseos son otros diferentes a los nuestros. Piensa con detenimiento en qué momentos si es necesario y justificado entrar en una crítica o corrección.

También es positivo ofrecer opciones siempre que sea posible: dale a elegir qué cuento leer, qué tomar de postre o qué dibujos ver. No olvidemos que el objetivo último de la rabieta es la autonomía y la creación de la individualidad personal, ofrécele otros canales para desarrollar esto mismo.

A pesar de que pongamos en práctica todo lo anterior, en la mayoría de los niños y niñas las rabietas no son evitables. Su presencia indica desarrollo normalizado y salud emocional, así que ¡bienvenidas rabietas! En palabras de la psicóloga y escritora Rosa Jové: “Quiéreme cuando menos me lo merezca, porque será cuando más lo necesite”.

¿Cuándo debo pedir ayuda profesional?

Las rabietas se saldrían de la normalidad para convertirse en un problema por el que consultar cuando:

  • Superen los 4 años de edad y no se extingan paulatinamente.

  • Si se producen autolesiones, lesiones a terceros o se destruyen objetos del entorno.

  • Si contiene demasiado la respiración durante las rabietas, llegándose a desmayar.

  • Si también le acompañan pesadillas, involución en el control de esfínteres, dolores de cabeza, dolores estomacales, ansiedad, se niega a comer o ir a la cama…

Laura Parra Pedregosa

Psicóloga experta en terapia de conducta infanto-juvenil